Ritual superior, 2024. Instalación sonora con 20 almohadas con fundas blancas c/u 60 x 40 cm. y 13 parlantes con 13 audios dentro de las almohadas, medidas variables. Foto: Juan Pablo Ferlat, Centro Cultural Borges (CABA, 2024)

Arquitectura de los vínculos humanos: Una Conversación con Diana Schufer

La artista visual argentina y licenciada en psicología Diana Schufer se apoya en instalaciones, videos y objetos donde, a través del abordaje de las relaciones humanas, genera experiencias inmersivas que ponen en crisis los límites entre lo público y lo privado. Su formación técnica y artística la desarrolló en espacios como el taller de Kenneth Kemble (1984–88), video con Carlos Trilnick (2002), fotografía con Gabriel Valansi (2002–03) y el programa Intercambios con Valeria González (2008). Su sistema de trabajo da lugar a piezas destacadas tales como Punto de fuga (2001), en Fundación Klemm; Hasta el final (2006), en la Embajada Argentina en Londres; y Ritual Superior (2024), en el Centro Cultural Borges, así como otros trabajos presentados en el Centro Cultural Recoleta con la muestra “¿Cuánto pesa el amor?” (2024), en MUNTREF en el marco de la exhibición “Hogar, dulce hogar” (2018), con la obra Donde las cartas se unen… (1995–2018, que también se mostró en la 6ta. Bienal de La Habana, 1997), y el Museo MACRO con la obra Nocturno (2008). Ha recibido distinciones como el Primer Premio del Salón Nacional de Artes Visuales (2012) por su obra Gritos sordos II y una mención por la videoinstalación Desayuno (2019). Vive y trabaja en Buenos Aires.

El abrazo, 2002. Dos almohadas, fundas de algodón, soga de algodón, parlantes, reproductores de audio y cableado del equipo de sonido, 70 x 60 x 50 cm.
Foto: Gustavo Lowry, Fundación KLEMM (CABA, 2002)

María Carolina Baulo: Contanos sobre la línea conceptual que atraviesa tu trabajo en general, los soportes que utilizás y desde dónde tus conocimientos en el campo de la psicología condicionan las obras.
Diana Schufer: A través de todos estos años, mi trabajo como artista se centró en un monotema que explora la arquitectura de los vínculos humanos, el amor, el erotismo y el abuso sexual, desde lo visual y lo sonoro. Para producir cada pieza busco un soporte de uso cotidiano, doméstico como cartas de amor, camas, almohadas que son intervenidos con diferentes relatos y ocupan el espacio generando un clima envolvente e íntimo. Mi profesión como psicóloga me moviliza a pensar en las relaciones afectivas, en lo que decimos y lo que nos guardamos, llevando mis inquietudes sobre la palabra y el mundo emocional al campo del arte. Así, invito al espectador a una escucha profunda de un otro, que porta una historia que es tanto efímera como eterna. Las obras generan una resonancia con el mundo emocional de quién la mira, generando un espacio de encuentro.

MCB: Antes mencionaste el rol fundamental del sonido en tu trabajo. Repasemos algunas instalaciones que dan cuenta de ello: Punto de fuga es una instalación sonora del 2001, donde generás una experiencia que hoy llamamos “inmersiva”: paredes tapizadas de terciopelo rojo, reproductores de sonido y un espectador que encuentra una estimulación particular de sus sentidos. Algo similar se da en Hasta el final (2006), donde la instalación sonora y los 16 parlantes instalados en sillones generan un clima íntimo de cierta tensión sexual en el ambiente y el sonido juega un papel clave. Y con Nocturno (2007), las voces construyen el espacio. Ampliamos este punto porque es muy interesante cómo, a partir del sonido, se genera espacialidad en tu obra.
DS: El sonido es el soporte ideal para el relato. Gran parte de mis horas las dedico a la escucha. Es un medio de conexión muy importante entre las personas, es parte de la imagen de un vínculo. Esto trasladado al espacio genera una experiencia: quien ingresa a él se ve atravesado y participa desde la resonancia con su historia personal. El proceso de construcción de estas obras consta de una serie de entrevistas a hombres y mujeres que responden a la pregunta de un antes y un después en su experiencia sexual, de amor y de intimidad. En Punto de fuga, el sonido se transfiere a través de las paredes lo que genera el deseo de acercarse y escuchar. El espectador, como un voyeur sonoro, accede al relato de varias mujeres que cuentan sus vivencias con el orgasmo. En la instalación Hasta el final, uno entra a una sala y percibe una multiplicidad de susurros que emergen desde los sillones, que invitan a sentarse. En este caso, los relatos narran cómo los transformó una experiencia sexual. Nocturno propone una noche plena de murmullos. Una penumbra azul donde 32 voces se expanden a través del espacio. Al acercarse a los parlantes se perciben voces únicas que, en voz baja, hablan al oído de quien pasa. Acá escuchamos cómo una experiencia afectiva ha dejado marcas. En Punto de fuga las paredes son el soporte, en cambio en Hasta el final son los sillones y en Nocturno todo eso se sintetiza: solo hay sonido jugando con la luz.

Punto de fuga, 2001. Paredes tapizadas de terciopelo rojo y reproductores de sonido, medidas variables.
Foto: Gustavo Lowry, Fundacion Klemm (CABA, 2001)

MCB: Con la instalación Souvenir (2008) aparece otro protagonista importante, que es la palabra. Vidrio, agua con glicerina, papel, tinta y madera laqueada forman un grupo escultórico que “captura,” de alguna manera, las experiencias sonoras. Aprovecho para preguntarte sobre las materialidades que utilizás, porque parece evidente que su elección acompaña al concepto y no lo precede como investigación material.
DS: En varias obras utilizo cartas de amor. En mi primera instalación Cartas y camas de amor, las cartas están proyectadas sobre las camas. En Donde las cartas se unen…, 10.000 cartas de amor se desparraman entre la cama y el piso. En Souvenir aparece un nuevo proceso, que es su destrucción; de alguna manera se mantienen en la memoria. Es el souvenir de la historia amorosa. Un conjunto de bolas transparentes de vidrio que guardan en su interior fragmentos de recuerdos y palabras congeladas en el tiempo. Inspirada en las bolas de nieve, éstas esferas se pueden sacudir y ver cómo caen los pedacitos de papel. Otra forma de conservación de la memoria.

MCB: Volvemos a la palabra desde la obra Donde las cartas se unen… En esta instalación replicada varias veces (1995, 1997 y 2018), una cama de dos plazas con dos almohadas y sábanas blancas con 10.000 cartas de amor impresas, ventiladores, un escritorio con papel carta y lapicera crean un espacio íntimo donde el espectador modifica y construye la obra con su aporte material. Este trabajo me hizo acordar a la obra de Tracey Emin, My bed (1998), absolutamente contemporánea a tu trabajo. Contanos sobre esta pieza.
DS: Esta pieza es una de las obras más interactivas, porque hay una clara invitación a que cada visitante escriba su propia carta de amor y la sume a las otras. La cama funciona como si fuese una fuente de los deseos, a tal punto que mucha gente me escribió para contarme que se les habían cumplido. Al ser interactivas, tanto con el espacio como con los visitantes, son muy dinámicas. Se generan diferentes situaciones según donde estén emplazadas. En Cuba, por ejemplo, adquirió otra significación en un contexto donde el papel escaseaba. La gente se llevaba las cartas, más allá de querer guardarse un pedazo de la obra, era una necesidad de papel. Guardé todas las cartas que la gente escribió, no hubo tantas diferencias a lo largo del tiempo ya que el amor siempre se expresa con el mismo lenguaje, más allá del cambio sustancial en lo social con respecto a los temas de género.

Donde las cartas se unen…,1995, 1997 y 2018. Cama de dos plazas con dos almohadas y sábanas blancas con 10.000 cartas de amor impresas, ventiladores, escritorio con papel carta y lapicera, medidas variables.
Foto: Julia Edo, MUNTREF (Bs. As., 2018)

MCB: Y así como en la obra anterior se podía leer y escribir, co-creando un relato, en la instalación Hoy me desperté muerta (2021) la posibilidad de acceso a la intimidad está vedada de una forma simbólicamente violenta. Contanos sobre este trabajo, que fue muy reconocido dentro de tu producción y este último año participó también de una importante muestra en el Centro Cultural Borges, “Difícil decir adiós” (2026), curada por Daniel Fischer.
DS: Es una serie de diarios íntimos que son inaccesibles a no ser que se corte la costura. Sus hojas están cosidas y esos hilos conforman frases. La obra aborda un dolor persistente ligado a experiencias de abuso sexual en el ámbito intrafamiliar, hablo de incesto. Son experiencias que quedan encapsuladas y silenciadas durante mucho tiempo conformando archivos del silencio. Me interesa pensar la costura como una acción de cierre, pero también como una reparación. Esas ataduras muestran lo difícil de contar y denunciar. Muchas veces se cuestiona a las víctimas por no haber hablado antes, pero uno habla cuando puede. Y en ese sentido, la escritura—como cualquier expresión artística—es una forma de empezar a ponerle palabras a la herida. Las hojas hablan de un proceso que se da en el tiempo. En ese sentido, parto del otro universo que habito, el de la psicología: un espacio donde reconstruimos la experiencia fragmentada. Estos diarios hablan de ese proceso terapéutico. La escritura ayuda a la elaboración de un inmenso desgarro, del desbastamiento que queda después del ejercicio del poder, de la violencia, del abuso sobre el cuerpo y alma. En relación con “Difícil decir adiós,” la pieza que acompaña a esta exposición enuncia Todavía me duele. También pienso en lo que ocurre cuando ese secreto se devela: muchas veces aparece el intento de separarse del agresor, pero al tratarse de alguien cercano, ese corte es profundamente difícil. Esto nos confronta con lo ambigüo de las emociones. La ejecución de la obra es en sí misma un acto de violencia; perforar ese frágil diario para que se vuelva fuerte, imposible de abrir, inexpugnable. En este caso la frase cierra el acceso a lo íntimo, y a la vez es un pedido de ayuda.

MCB: Las palabras se las lleva el viento es la antesala perfecta para acercarnos al cierre. Otra instalación con distintas instancias expositivas—1994 y 2022—donde, una vez más, el escenario para la obra es la intimidad. Contanos sobre este trabajo y los elementos que la componen. Me interesa conocer cómo mantenés vigente una idea en el tiempo, mediante obras con gran afinidad estética y, sin embargo, donde los cambios sutiles hacen la diferencia en aquello que protagoniza cada uno de sus relatos.
DS: Cuando me convocaron a volver a exponer esta obra en el 2022 que era de 1994, tuve la necesidad de hacerle un giro después de 28 años, ya que cambió mi propia perspectiva sobre el amor y los vínculos. Todos somos buscadores de amor, y si bien es cierto que las promesas son parte de todo intercambio amoroso, hoy intentamos vincularnos de una manera más transparente y honesta, más despojada de cualquier mandato romántico. Tratamos de generar responsabilidad sexo-afectiva para evitar que las promesas desaparezcan con el viento. Mientras somos parte de estas reconfiguraciones, el deseo de amar y ser amado sigue latiendo, más allá de todas las experiencias vividas, felices y no felices. En la primera versión de la obra, las frases típicas del discurso amoroso cómo “te amare toda la vida,” “hasta que la muerte nos separe,” “te llamo…” se podían leer nítidamente; en la del 2022 aparece el desgaste del tiempo y las frases quedan descoloridas, incompletas, marcando en la obra directamente el paso del tiempo. La posibilidad de ser artista y psicóloga y de haber acompañado infinidad de pacientes me ha confirmado que solo hay un gran tema, que es el amor en todas sus formas—en la pareja, con los padres, los hijos, con la vida. Eso me atraviesa todo el día, no se me ocurre trabajar sobre otro concepto. El tema subsiste y lo que van apareciendo son los distintos soportes que van dando materialidad a esas emociones, objetos que son parte de ese universo amoroso compartido.

Las palabras se las lleva el viento, 1994 y 2022. Sábanas y fundas de almohada blancas, broches, tensores y ventiladores, medidas variables.
Fotografía: Gustavo Lowry, Centro Cultural Borges (CABA, 2022)

MCB: Una de tus últimas instalaciones sonoras con las almohadas y la palabra como protagonistas es Ritual superior (2024): 20 almohadas con fundas blancas y 13 parlantes con 13 audios dentro de las almohadas. Sin embargo, más de 20 años atrás, con el objeto El abrazo (2002), se presentaba una suerte de primera versión escultórica de lo que luego tomaría el espacio. Contanos sobre estos trabajos, que guardan el tan característico erotismo de tu obra.
DS: El abrazo son dos almohadas atadas con una soga y se escucha el relato de una pareja como si estuvieran en la cama después de tener sexo, contándose lo que les gusta y lo que sienten con el otro sexualmente. La soga si bien es un símbolo ambiguo, entre la unión y ahogo, en esta pieza es un abrazo. Frente a la invitación de producir una obra para “Un mundo que no consigue dormir” en el Centro Cultural Borges, la idea de una nube de almohadas—que era un boceto del 2001—bajó como un rayo. Ese abrazo de dos se multiplicó en un conjunto de almohadas flotando, extendidas en el espacio. En voz baja, hombres y mujeres hablan al oído de quien pasa, se detiene y con curiosidad, escucha. Nos cuentan sus experiencias íntimas, sus encuentros y desencuentros o un suceso erótico que los transformó. Trece voces que juntas son indescifrables, se unen en la penumbra de la sala iluminada por pequeños veladores que generan intimidad entre la obra y los visitantes.

MCB: Me gusta cerrar preguntando sobre el futuro creativo. ¿Qué caminos crees que va a tomar tu obra?
DS: Estoy trabajando en un nuevo proyecto que apunta a lo no-dicho. Hasta ahora estuve enfocada en las palabras, el texto, el relato. En este momento me vuelco sobre el no poder decir, que pesa más que lo dicho. Todavía estoy probando diferentes materiales. Será una obra sobre el silencio.